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Carta a Miguel Ángel Jiménez Medina "El Foco"

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Quizá no fuimos los “amigos de toda la vida” pero el tiempo que compartimos al formar parte de un grupo en común nos hizo coincidir y compartir experiencias que marcaron nuestra adolescencia, esa que frisaba los 16 y 17 años.

Anhelantes de la mayoría de edad a veces adelantamos los tiempos para enfrentar juntos retos que nos llevaron a derrotas y triunfos, a situaciones en extremo difíciles; que hoy, son parte del anecdotario de la vida. Todo eso nos hizo fraternizar en aquella lejana etapa de los años setenta y principio de los ochenta.

 

Recordarte Miguel Ángel Jiménez Medina heredero del apodo “El Foco”, tal cual portara tu hermano mayor es evocar con nostalgia y cariño el tiempo de los Daneses del Ateneo Fuente, los Vaqueros de la UAC y esas 9 temporadas que fuimos compañeros de equipo. ¿Del football? Siempre estarán presentes tu bravura y coraje con el que te desempañabas al momento de defender los colores de tu equipo desde la posición de linebacker.  Otro de tus sobrenombres fue el de “Ham” en honor a aquel extraordinario linebacker de los Acereros de Pittsburgh Jack Ham y que solía jugar casi como tú.

¡Cómo no recordar! tu sonrisa y carcajada franca. Tan franca como la que soltaste el día que el coach Castro se cayó de una de las sillas en la cafetería de la escuela mientras jugaba dominó y según tú te saliste del local para soltar la carcajada y no supieran quién se reía.  Resultó tan fuerte la estruendosa risa que además de saber todos que eras tú, nos contagiaste y aunque ayudábamos a levantarse al coach sonreíamos tímida y nerviosamente al escuchar las sonoras carcajadas que delataban al autor de ellas.

Vivimos temporadas de ensueño donde jugábamos un futbol alegre y ganador éramos, según la publicidad en la radio, “los veloces Daneses del Ateneo Fuente”. También nos tocó el reverso de la moneda como cuando debutamos en el torneo de categoría juvenil en Monterrey mismo en el que cada fin de semana íbamos por nuestra “madrina”. Sólo un año después nadie nos ganaba en la sultana del norte.

Muy afamado y competitivo era el equipo de categoría intermedia de nuestra preparatoria donde solo los muchachos de segundo año y varios que ya eran exalumnos formaban parte de él; y sin embargo, a nuestros 16 años, y como estudiantes de primer año, el entrenador nos hizo ingresar a ti, a mi y a 5 más de nuestros compañeros al equipo grande de la escuela, sus nombres habrás de recordarlos: Juanillo Chaparrillo, La Nadia Tarribas, El Musulmán, Leobardo y Efrén “La novia”. No pongo los nombres completos y sus apellidos porque en el futbol americano nuestros nombres eran nuestros apodos. Todos hicieron primer equipo apenas en el debut en la liga intermedia. Y con esa misma juventud, a los 18 años Tú, el Musulmán y yo debutábamos un día de octubre de 1980 en la liga mayor.

Por tanto, fuiste de aquellos jovencitos que en 1981 vencimos a los entonces campeones Buitres de Agricultura, poderoso equipo de liga mayor de la ciudad que si bien pocas derrotas contó en su historial una de ellas fue precisamente la tarde que inspiraste a la defensiva de nuestro equipo con tu garra y coraje, con tu determinación y gran entusiasmo. Con el ambiente de risa que propiciaste junto a otros compañeros bajo las gradas del estadio olímpico lo que produjo que el equipo se relajara, saliendo al segundo tiempo a obtener uno de sus más importantes galardones.

Aprendimos a volar juntos cuando en  nuestros respectivos hogares nos comenzaron a dejar abrir las alas y así, junto al Teto y el Pecas nos fuimos un día de 1978, con la mochila a las espaldas, a la aventura de la carretera y los “aventones”. Trepar sobre la redila de un camión a media noche y viajar tapándonos con la lona del mismo entre tomates y chiles rellenos que el chofer transportaba, soportando el rudo frío de la carretera Matehuala-San Luis, no era de Dios.  Aunque evitamos el titiritar con los chistes que ahí se contaban.

Nunca olvidaré el regreso de la ciudad de México en el que competíamos contra Teto y el Pecoso haber quiénes llegaban primero a Saltillo.  Logramos salir de la capital del país muy temprano en un raid a la caseta de Querétaro hacia Celaya con apenas unos 13 pesos para los dos. La suerte de la salida rápida y de madrugada se estrelló con el constante rechazo a que nos levantarán para llevarnos de perdido a San Luis Potosí y pasaban las horas en esa estación de gasolina sin avanzar.

El hambre nos hizo acercarnos a la señora que vendía quesadillas y ahí formados preguntábamos constantemente a la dependienta el costo de las mismas y contábamos una y otra vez los 13 pesos para ver si adquiríamos una quesadilla y un café, o que nos vendiera la mitad de otra quesadilla sin café y ya ante la señora que despachaba creo que hasta le preguntábamos cuánto por un cuartito de una quesadilla, una media taza de café y una quesadilla normal. La señora no hallaba qué podía hacer para ayudarnos, hasta que el señor que iba tras de nosotros en la fila nos dijo: “Muchachos, si no se ofenden, ¿me permiten invitarles?, yo pago”. Nooooo, ¡que fregados nos íbamos a ofender! Creo que tú te has de haber comido como 4 quesadillas y yo otras tres con café y hasta refresco.  Y para rematar cuando pagó el tipo su consumo y el nuestro le dice a la señora: “Por favor deles el cambio a los muchachos”.  El hombre todavía nos preguntó a dónde viajábamos, él nos hubiera querido llevar pero iba para Celaya en un super carrazo.  Intuimos que seguramente en su juventud también habría viajado de raid o bien había pasado por momentos similares al nuestro, en el que la tripa ruge y la creatividad avanza.

San Luis Potosí nos costó la mitad de un boleto de autobús, pero con la condición de que nos fuéramos sentados en el pasillo y nos bajáramos a unas cuadras de la central camionera potosina. Tal como sucedió.  Entonces éramos jóvenes y no había imposibles para las negociaciones. A cinco horas de Saltillo y ya de noche se apareció aquel trailero al que bautizamos como el “dientes” (casi rayaba el parabrisas con los mismos).  Quien para su desgracia nos dijo muy amablemente: “Chavos, si no han comido ahí abajo del asiento hay unas uvas” Para cuando acordó,  casi nos las habíamos terminado.  Se enojó y por poco nos deja en Matehuala.

Dicen que los amigos se conocen en el hospital y en la cárcel.  Y fue en esa etapa estudiantil en la que una sonora batalla ante el ebrio taxista y su acompañante que a media noche chocó  su vehículo contra el frente de la casa de tus padres, en la que coincidentemente me habían otorgado cobijo; tuvimos que salir a defender la integridad de tu familia a punta de guamazos. El sabor de la victoria y el triunfo tuvo que esperar celebración hasta que nos despidieran, un par de días después con honores, de la comandancia judicial. Esa que se ubicaba en las calles de Hidalgo y que nos permitió conocer a la “realeza” saltillense que ahí se hospedaba.

Después… el tiempo pasa, la vida se va. Los caminos toman vericuetos increíbles sabemos que estamos pero ya no corremos al mismo lugar. Disfruté el par de años que nuestras hijas tu Berenice y mi Alondra jugaban al basquetbol en el mismo equipo del Colegio. Así que de vez en cuando coincidíamos en la tribuna. Me parecía increíble que estuviéramos alentando a un par de niñas en unas gradas de un gimnasio de basquetbol (donde por cierto predominaban las mamás) y no estar gritando juntos a los hijos varones en un campo de football.

 

Todavía una sorpresa más me deparó el futuro al tener el honor de ser el profesor de Historia en el Ateneo Fuente de tu hijo varón. El cual, con tu mismo nombre, apellido y porte puedo decir que el tiempo me regaló la fortuna de verte nuevamente como eras de joven aunque ahora bajo otro contexto. Tratar a tu hijo me permitió conocerte por esos años que ya no compartimos.  Su educación, atingencia y actitud para con la vida y el estudio no puede ser otro resultado que el reflejo de tu vida profesional proyectándose en tus hijos. Tu y tu esposa Chely sin duda hicieron un excelente trabajo de formación y educación del cual estoy seguro se sienten orgullosos.

 

Mi estimado “Jack Ham”, “Foco”, Miguel sé que estás pasando por una situación muy difícil de salud. Y me han contado que padeces un dolor físico muy fuerte. Quiero decirte que hoy como ayer y como siempre somos un equipo y lo que le pasa a uno le pasa a todos. Todos ganamos, todos perdemos, y tu dolor es el nuestro y entre más seamos contigo ese dolor habrá de diluirse entre todos amigo. No desmayes, sigue en el campo de juego, no te salgas, aunque sea arrastrándose pero nunca abandonamos quienes sabemos de qué hablamos. Dios te Bendiga siempre amigo.

 

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