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¿Cuándo y porqué surgió el fútbol americano en México?

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El documento es parte de la tesis escrita por Gerardo Orellana para grado de maestro y continua investigando sobre el tema que a continuación se describe.

Abstract

El trabajo a continuación expuesto expresa el cambio experimentado en el espacio de uno de los deportes universitarios en México (el fútbol americano), cuya importancia en las décadas de 1940 a 1960 del siglo XX, marcó dos de las rivalidades deportivas estudiantiles más importantes del país. Este deporte ha sufrido los cambios propios de la sociedad mexicana y especialmente los de la educación superior, con el explosivo crecimiento del sector privado. El consecuente cambio en el dominio atlético universitario no sólo se ha traducido en la superioridad deportiva, sino que desvela las pugnas sociales entre los sectores público y privado.

 

¿Cuándo y porqué surgió el fútbol americano en México?

Identifico cuatro periodos en el decurso histórico del campo1 del fútbol americano en México, cuya evolución expresa las condiciones sociales de la formación misma de la sociedad. El primero del surgimiento abarcó de 1927 a mediados de la década de 1940. El segundo, el de la preeminencia de las instituciones educativas públicas que inició a mediados de la década de 1940, transcurrió durante el periodo del desarrollo estabilizador y concluyó al finalizar la década de 1960. El tercero del preludio del cambio, comprendió de principios de la década de 1970 y concluyó hacia 1992, cuando inició el cuarto y actual periodo marcado por la diversificación de la educación superior y la preeminencia de las instituciones educativas privadas.

El surgimiento

La génesis del deporte en México inició, como en muchas otras naciones, con la introducción de una serie de prácticas deportivas a finales del siglo XIX y principios del XX, producto de la expansión territorial, económica, política y cultural de las grandes potencias del siglo XIX. Particularmente, el deporte llegó a México por la influencia directa de los Estados Unidos dada su proximidad y por el acercamiento con Francia prevaleciente en el Porfiriato.

Durante las primeras décadas del siglo XX se crearon en la Ciudad de México una serie de asociaciones atléticas y clubes deportivos entre los estratos urbanos altos y medios con la finalidad de practicar los deportes aprendidos por muchos de sus miembros durante sus estancias fuera del país o por la influencia directa de extranjeros residentes en México. De igual modo, los colegios de elite introdujeron los ejercicios físicos y las prácticas deportivas como parte de sus actividades curriculares.

Estas prácticas deportivas acompañaron al periodo del México posterior a la Revolución Mexicana y coincidieron con el país de la efervescencia de las reivindicaciones sociales, de los movimientos obreros, el de la educación socialista y del nacionalismo en el arte. Fue pues este el preámbulo de la formación de la imagen mítica del México que miró hacia el progreso, hacia la modernización de sus instituciones y de su planta productiva, hacia la constitución de un proyecto de nación que una vez más quiso dejar atrás su pasado indígena, rural y atrasado, para reemplazarlo por un futuro moderno, urbano e industrializado.

En ese contexto, se construyeron espacios deportivos (estadios, hipódromos, albercas), se formaron asociaciones atléticas, e incrementó el número de deportistas. México participó en los Juegos Olímpicos, se editaron revistas y secciones periodísticas especializadas en deportes, se confeccionó ropa deportiva y surgió un lenguaje técnico y cotidiano específico. Consecuentemente, se introdujeron y fortalecieron varios deportes como la natación, el frontón, el fútbol soccer, el tenis, el básquetbol, el béisbol y el fútbol americano.

Específicamente, la práctica del fútbol americano como deporte había iniciado entre los estudiantes universitarios de los Estados Unidos de Norteamérica durante la década de 1860 como una derivación del rugby inglés. Muy pronto logró expandirse en todo el territorio de aquella nación y consolidarse como un deporte netamente "norteamericano" y estudiantil. Fue a finales del siglo XIX y principios del XX cuando su influencia llegó a México por parte de los norteamericanos residentes en nuestro país y por los mexicanos que viajaron a estudiar a los Estados Unidos o que huyeron de la Revolución Mexicana y posteriormente se repatriaron (Morales 1996).

Al parecer, la llegada del fútbol americano a México se inicio con un par de encuentros a finales del siglo XIX en Jalapa, Veracruz y en Guadalajara, Jalisco, pero no fue sino hasta 1927 cuando comenzó su práctica organizada en la Ciudad de México entre jóvenes pertenecientes a diversas instituciones educativas y asociaciones atléticas, cuyo interés por replicar el modelo extranjero tan popular entre los estudiantes norteamericanos, los llevó a formar equipos dentro de las instituciones y organizaciones a las cuales pertenecían, como la Universidad Nacional, el Club Deportivo Internacional (CDI), el Colegio México, el Centro Atlético de México (CAM), la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA), los obreros ferrocarrileros (empresa norteamericana cuyos supervisores impulsaron el surgimiento del equipo), algunos jóvenes de origen estadounidense residentes en México y algunos otros equipos que se organizaron en las barriadas.

Para 1931 se jugó el primer "campeonato nacional", llamado así a pesar de que participaron exclusivamente los equipos radicados en el Distrito Federal, y después de éste se crearon otros equipos. En 1936 surgió el representativo del Instituto Politécnico Nacional (año en el que se jugó el primer clásico Politécnico-Universidad) y el Club Atlético Suizo (CAS); en 1937 fue creado el equipo de la Universidad Obrera; y en 1938 el de la Universidad Autónoma de Chapingo.

Quizá el comienzo de esta práctica deportiva en las instituciones educativas no fue motivado por un serio convencimiento de la "importancia" o "bondades" del fútbol americano al interior de éstas, sino más bien resultó de la respuesta a las demandas de los estudiantes y a la gestión política de algunos interesados en incorporar uno de los modernos deportes en las escuelas de educación superior, tal como sucedía en los Estados Unidos de Norteamérica. Posiblemente el interés específico durante el periodo del surgimiento del fútbol americano en México consistió precisamente en la modernización vía deportiva de los sujetos e instituciones, simbolizado por la práctica deportiva.

El capital deportivo: una costosa condición de ingreso y permanencia en el campo

Una vez iniciado el sistema de competencias y dado el creciente interés, la práctica del fútbol americano se popularizó entre los jóvenes de los estratos medios urbanos de la Ciudad de México durante las décadas intermedias del siglo XX (1940 a 1969) y en especial entre los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional. La popularidad y "rivalidad" entre ambas instituciones marcó una época e imprimió una dirección específica en la práctica de este deporte que se convirtió en el signo representativo del deporte universitario. Tanto fue así que en el mural de la Biblioteca Central de la UNAM, el deporte universitario se encuentra representado por un jugador de fútbol americano (extremo inferior derecho del costado poniente del mural).2

Durante los primeros años de la liga, el sistema de competencias del fútbol americano fue dominado por la Universidad Nacional Autónoma de México derivado del capital deportivo movilizado por el equipo. Este capital se constituyó por la suma de los capitales social, físico, económico y simbólico acumulados, o sea, el origen social de los deportistas, el desarrollo de su capacidad deportiva, la competencia laboral de sus entrenadores, los apoyos económicos para el equipo como viajes, capacitación, equipo, ropa, instalaciones, entrenadores y médicos, entre otros; y la imagen social del equipo; es decir, la identificación, el prestigio y la popularidad de éste y de la Universidad.

Por ejemplo, en el tiempo del inicio de la liga de fútbol americano, el empresario estadounidense Arthur Constantine, iniciador y promotor de este deporte en México, consiguió gran cantidad de recursos adicionales para el equipo de la Universidad Nacional entre amigos y funcionarios de las empresas petroleras radicadas en México, lo que permitió al equipo disfrutar de instalaciones adecuadas, competir en los Estados Unidos contra equipos de mayor calidad e incrementar la experiencia de sus jugadores y entrenadores. Al parecer este apoyo también incluyó el pago de becas en dinero a los jugadores, con lo cual se cooptó a los mejores prospectos disponibles en ese entonces. La ayuda propició las condiciones favorables para el arranque del equipo y lo dotaron con un capital deportivo perdurable a pesar del retiro de los apoyos por el distanciamiento con las empresas obligado por la expropiación petrolera.

Los resultados de los torneos se mantuvieron a favor de la Universidad hasta que en 1945 el equipo representativo del Instituto Politécnico Nacional reunió el capital deportivo suficiente para derrotar al equipo universitario -el Politécnico también recibió recursos y realizó giras por los Estados Unidos-. Para entonces quedó implícitamente establecido que el campeonato nacional se disputaría entre los equipos que reunieran el mayor capital deportivo posible, por lo que en 1947 la composición de los equipos de la liga cambió en la medida en que las grandes instituciones educativas públicas prácticamente monopolizaron el campo con su «elitismo» y desplazaron del panorama a los equipos de club, debido a una "clara ventaja en cuanto a la solvencia de los gastos que implicaba un equipo en el máximo nivel" (Morales 1996). La acumulación y movilización del capital deportivo se volvió excluyente y exclusivo de los equipos cuya manutención fue asegurada por las instituciones públicas. Así, tanto el Politécnico como la Universidad establecieron su dominio al hacer del capital deportivo una costosa condición de ingreso y permanencia en la liga.

Cuando los equipos de club se retiraron de la liga, sus jugadores interesados en continuar con la práctica deportiva del fútbol americano emigraron hacia las instituciones públicas gracias a las favorables condiciones competitivas ofrecidas. Al respecto, cabe aclarar que desde el inicio los equipos de la UNAM y del IPN habían albergado en sus equipos representativos a muchos jóvenes estudiantes de otras instituciones educativas públicas y privadas. Tal como lo dejan ver las declaraciones del coah Manuel Neri, ex entrenador de la UNAM y último entrenador del equipo de la Universidad Autónoma Metropolitana Campus Iztapalapa (UAM-I), "Si a mí me hubieran dicho en 1976 que no iba a poder contar con jugadores externos jamás hubiera venido (con el equipo de las Panteras de la UAM-I). Porque hasta los equipos de las escuelas públicas más importantes del país, UNAM e IPN históricamente se han nutrido de talento externo" (El Universal 2003)

Lo que en sustancia muestra dos cosas al menos. Primero, que la organización social del fútbol americano, se ha sustentado en parte por el origen y las condiciones sociales y económicas de los sujetos que lo practican organizados, al menos hasta antes de llegar a la educación superior, porque ya en este nivel han sido las instituciones las encargadas de financiarlo; es decir de sustituir parcialmente o complementar los recursos necesarios para su práctica, puesto que una parte siempre recae en las familias de los jugadores o en los esfuerzos que estos mismo realizan.

Segundo, que la adopción de este deporte por las instituciones educativas se debe a factores como la respuesta política a las demandas de los estudiantes, a la influencia de promotores particulares, a los apoyos económicos conseguidos, y tal vez a la réplica de condiciones de desarrollo institucionales "modernas" y que tienen que ver con modelos culturales, factores que influyeron de modo parecido en el surgimiento del deporte en Inglaterra y Francia (Bourdieu 2000, Elias 1996).

En síntesis, la adopción y sostenimiento de un modelo deportivo o de una disciplina tiene que ver con la movilización del capital político, económico y social en condiciones específicas. Con esto quiero decir que debemos dejar de pensar en que en el deporte no hay una dimensión o racionalidad política y social además de las económicas y emocionales. Por supuesto que las hay. Los deportes no surgen de la nada, por el sentimiento del deportivismo en sí mismo. Lo hacen porque hay alguien que promueve su creación y sostiene su evolución por medio del soporte económico, la incidencia política y la creación de redes sociales, entre otros factores. Si el deporte del fútbol americano despuntó a mediados del siglo XX en la Universidad fue gracias a redes sociales que hicieron a éste preeminente sobre otros deportes. Ésta, me parece una enseñanza que debemos obtener de la evolución de los deportes en la sociedad.

Pumas vs Poli: la rivalidad que marcó una época

Dada la posesión de los capitales deportivos específicos, la UNAM y el IPN, se convirtieron en las instituciones preeminentes en el sistema de competencia del fútbol americano en México. Los resultados de los campeonatos obtenidos por ambas instituciones públicas corroboraron el dominio del campo durante 37 años. De 1933 a 1944 la Universidad obtuvo 12 campeonatos nacionales consecutivos y sólo fue derrotado en 1945 por el Politécnico. De hecho, desde 1933 y hasta 1970, el número de campeonatos nacionales fue prácticamente repartido entre los equipos del Instituto Politécnico Nacional y el de la Universidad Nacional Autónoma de México, con la excepción del México City College que en 1949 ganó el campeonato nacional. Después de mediados de los años cuarenta y hasta el inicio de los años setenta, sólo pudieron destacar otras instituciones públicas similares como el Heroico Colegio Militar y la Universidad Autónoma de Chapingo.

Durante el transcurso del periodo referido, el fútbol americano quedó casi por completo en manos de las instituciones educativas públicas, cuyas rivalidades deportivas marcaron el inicio de las tradiciones de la época y de una forma simbólica de identificación institucional. Bajo esta óptica, las agrupaciones deportivas fungieron como redes conformadas por sujetos cuya interrelación creó un entramado de significados para aquellos que incorporaron el estilo de vida deportivo en primera instancia, pero conforme estos signos fueron transferidos, difundidos e incorporados en los estilos de vida del resto de la comunidad universitaria, la significación se amplió a toda la institución.

Por ejemplo, fue práctica común el que las mascotas de los equipos universitarios de fútbol americano se convirtieran en la insignia de las instituciones. Así fue el caso de la UNAM que adoptó como símbolo al Puma, que Roberto "Tapatío" Mendez, entrenador de fútbol americano, había elegido como mascota del equipo; de igual modo pasó con el burro blanco del IPN y el borrego del Tec de Monterrey.

Con tales precedentes, puede considerarse que las agrupaciones deportivas fungen como redes de creación y difusión de significados, y que, derivado de la transmisión de esta identidad, las comunidades universitarias se convierten en el conjunto ampliado de antagonistas implicados emocionalmente con sus atletas representativos y con su institución. De manera tal que, cuando gana el equipo representativo, gana la comunidad y la institución, por lo que el triunfo deportivo se convierte en el triunfo colectivo. Así, la cultura institucional alimentada en parte por los símbolos deportivos se ve enriquecida con sentimientos y experiencias que la abrazan y ofrecen a los individuos un orgulloso sentimiento de pertenencia.

A su vez los triunfos deportivos pueden propiciar la validación de jerarquías y en ocasiones dependiendo del contexto, pretenden reproducir distancias sociales. Por ejemplo, durante décadas el "Clásico Politécnico-Universidad", fue el encuentro en el que la UNAM y el IPN midieron sus fuerzas y las repetidas victorias de la primera parecían reafirmar una imagen de superioridad institucional y social. En este sentido, también el cine mexicano ilustró, en más de una ocasión, historias que reunieron varios de los elementos simbólicos de la convergencia del deporte en las instituciones de educación superior. Narraciones basadas en las historias de estudiantes aspirantes a doctor, abogado o ingeniero, que además de "buenos hijos", eran deportistas disciplinados y entregados. Filmes cuyo relato reforzó la imagen de la esperanza fincada en la movilidad social posibilitada por la educación superior, la reafirmación de las bondades del modelo educativo-deportivo, la confianza en el progreso y el deporte como copartícipe de la formación integral y de la superación de los jóvenes. Sin embargo, también expresaron en algunas ocasiones la distancia social al presentar estudiantes universitarios como "niños bien" con carro y vestidos de traje, mientras que a los politécnicos los presentaron en condiciones sociales y económicas inferiores.3

En este orden de ideas resulta importante destacar la manera en la que los medios de comunicación como la televisión, el radio, la prensa, así como el cine, inciden en la difusión y reproducción de formas sociales de identificación, valoración, estigmatización y de encumbramiento de las figuras deportivas, orientadoras, en cierta medida, en la formación paradigmática de estilos de vida con características simbólicas de estándares de ideales sociales que orientan los espacios vitales y las expectativas de realización social de los sujetos.

Estas reflexiones permiten comprender que si bien por un lado las agrupaciones deportivas contribuyeron a la formación de las tradiciones y aportaron elementos para la conformación de identidades institucionales y hasta sociales, dichas rivalidades institucionales no fueron productos únicos y directamente derivados del antagonismo deportivo. En realidad, el antagonismo deportivo derivó de las diferencias de proyectos, así como de otras divergencias en los campos social y político, entre las dos instituciones educativas más grandes del país.

Tampoco podemos considerar que fue la popularidad del fútbol americano la causa directamente determinante del prestigio institucional, sino que fueron la popularidad y el prestigio de ambas instituciones, por los proyectos socio-culturales que han representado, los que propiciaron que los enfrentamientos del fútbol americano se convirtieran en populares apologías4 de la rivalidad institucional. No obstante, los enfrentamientos deportivos efectivamente contribuyeron a reproducir dicho estatus, alimentaron el orgullo colectivo y la identidad institucional con los emblemas, triunfos e imágenes de éxito social, al mismo tiempo que reprodujeron las diferenciaciones sociales y políticas concomitantes entre las instituciones de educación superior preeminentes.

En resumen, si bien la rivalidad deportiva no creó por sí misma una diferencia, si la expresó, reprodujo y alimentó con contenidos simbólicos específicos. Quizá el objeto en juego para la UNAM y el IPN siempre ha consistido en jugarse el orgullo institucional; así, en términos generales y abstractos, en el reconocimiento de la superioridad deportiva del oponente.

"No es un juego más ni un clásico más. Es la actualización del eterno antagonismo entre dos pasiones, dos corazones y dos orgullos institucionales. Se trata del duelo entre el padre y la madre del fútbol americano en México" (Reforma 1995).

El "Clásico Regio" otra dimensión de la realidad

Aquí, se incorpora una dimensión más, a la explicación del campo del fútbol americano universitario en México que tiene que ver con la imagen de éxito social, muy presente actualmente, pero poco atendida durante el periodo de la preeminencia de las instituciones de educación superior públicas; aunque en gestación desde entonces.

Esta dimensión remite la lucha por los recursos en un mercado de consumidores de servicios educativos, donde las instituciones de educación superior "juegan" por ocupar espacios en el ámbito de las expectativas de éxito social para captar alumnos y financiar sus programas académicos. Pugnas por el reconocimiento social, peleas por la expansión y ocupación del espacio de las posiciones y las elecciones de los estudiantes: clientes potenciales del servicio.

Tal vez la manifestación de esta expresión inició con la rivalidad entre la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) y el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), cuyos equipos fueron creados en la década de 1940, pero no fue sino hasta 1969 cuando ambos compitieron en el torneo nacional, por lo que no se manifestó la pugna entre sectores público y privado en el torneo nacional con la misma fuerza con la que manifiesta hoy en día.

De la misma forma que el clásico capitalino Politécnico-Universidad, el "clásico regio" disputado entre los "Borregos" del Tec los "Tigres" de la UANL, ha significado en el estado de Nuevo León un encuentro en el que por décadas dos universidades han luchado por su orgullo institucional. Sin embargo, este encuentro ha presentado en su historia una característica más: el enfrentamiento entre sistemas educativos público y privado. Si bien en la Ciudad de México la rivalidad entre estratos sociales podía presentarse de forma velada, en el clásico regiomontano dicha competencia mostró desde el principio de forma abierta dos visiones del mundo coexistentes pero divergentes. A continuación vamos a explicar como funciona esta pugna por el reconocimiento social y como influye en el mercado de consumidores de servicios educativos.
 
La pugna por el reconocimiento social

Al parecer, las "imágenes" del éxito social de las instituciones de educación superior actúan como puentes hacia el mundo exterior, ya que gracias a su prestigio y reputación pueden articular redes sociales a su alrededor, como por ejemplo las comunidades de egresados o las familias de los estudiantes, para atraer nuevos estudiantes y estar en una mejor posición para obtener recursos.

En este orden de ideas, el prestigio de una institución adquiere particular importancia cuando de atraer recursos se trata. Si pensamos a la universidad como una especie de "fábrica" de reconocimientos sociales que emite titulaciones y se alimenta al mismo tiempo de su reputación social, entonces podría suponerse que el éxito de sus programas académicos y otros de difusión como los grupos deportivos, influyen de alguna manera sobre los esquemas de representación y disposiciones de las personas con respecto a la elección de las instituciones educativas. Si bien es cierto la presencia de múltiples factores que influyen en las personas para decidir por alguna universidad en particular uno de ellos consiste indiscutiblemente en las posibilidades económicas, al ser los estilos de vida, sistemas de disposiciones socialmente constituidos, entonces las imágenes de éxito institucional en conjunción con las posibilidades objetivas (económicas y académicas), alimentan a estos sistemas de representaciones y disposiciones de tal manera que orientan las decisiones de los sujetos sobre la universidad a escoger.

Así, el campo del deporte universitario, entre otros, como parte constitutiva de las culturas institucionales, ocupa un lugar relevante en la formación de la reputación y de las tradiciones universitarias, y por tanto, en la imagen social del éxito de la institución expuesta a la comparación y jerarquización en las valoraciones colectivas de los individuos y en las elecciones académicas.

Esto quiere decir que hay construcciones simbólicas expuestas a la colectividad, expositoras de una imagen de lo que es y/o puede ser el éxito social, los estilos privilegiados de vida, las expectativas de progreso, las orientaciones vocacionales, las posibilidades de empleabilidad y la calidad de las instituciones educativas, que entran en relación con los esquemas de disposiciones y sentido práctico, e influyen en las tomas de decisión de los sujetos de acuerdo con las comparaciones entre lo que el sujeto quiere, o cree que quiere, y lo que de la institución educativa se ofrece o se espera. En otras palabras, si el simbolismo de la representación social de la institución educativa cumple las expectativas y aspiraciones del sujeto.

El sistema deportivo universitario norteamericano resulta ser un ejemplo notable de la participación de las actividades deportivas en la construcción de la imagen institucional, dada su enorme difusión comercial. Incluso se ha mostrado que el éxito de los equipos representativos presenta una fuerte correlación con el récord ganador de éstos y el número de solicitudes de ingreso a la institución educativa. Mientras más ganador sea un equipo o exitoso un programa deportivo, mayor será el número de solicitudes de ingreso al periodo posterior al evento deportivo (cita).

Quizá el éxito deportivo no constituya el factor dominante en la elección final del consumidor por una universidad en particular, pero tal vez sea cierto que las imágenes de éxito o fracaso alimenten la representación social de las instituciones educativas, por lo que éstas pueden aprovechar tal representación como estrategia de posicionamiento en el campo respectivo. De tal suerte que las universidades crean un espacio de enfrentamientos y comparaciones simbólicas a través de competencias deportivas también podrían ser artísticas o de otra índole, en las que su "imagen" y "orgullo" estén en juego.

En tal sentido, los triunfos deportivos podrían ser comprendidos como triunfos simbólicos en tanto que el éxito deportivo llevado a otra dimensión y colocado como significado objetivamente imputable a otro fenómeno social diferente, provea a la institución de un capital bajo la forma prestigio social, factible de ser reconvertido y capitalizado social, política y económicamente. Entonces el prestigio académico pudiera ser suplantado por la figura del éxito deportivo y traducido como superioridad institucional, debido al "prestigio" logrado en el segundo aspecto. Sin embargo, nuevamente debe recordarse que el alcance de la influencia del deporte universitario, forma parte del conjunto de factores y procesos que conforman a la imagen institucional y que co-determinan el conjunto de condiciones posibles de la configuración del campo.

El contexto social del cambio

A principios de la década de 1970 se acentuaron algunos cambios en la sociedad mexicana, en el papel de la universidad pública y en la imagen de ésta, cuya continuidad aún ahora se resiente. La expansión de la cobertura (masificación) por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Instituto Politécnico Nacional durante la década de 1970 fue una experiencia traumática para las prestigiadas universidades públicas tradicionales, además de los conflictos laborales, las prolongadas huelgas y paros de trabajadores y estudiantes durante la década de 1980; y a ellos se suma ulteriormente el paro de 1999.

En este contexto las instituciones privadas avanzaron al ofrecer una alternativa atractiva para los estratos urbanos medios de la población con posibilidades de acceder a la educación superior, que a pesar de significarles mayores esfuerzos económicos, no deseaban ingresar a las instituciones públicas. Esta oferta se dirigió a atender el creciente auge por las carreras administrativas, comerciales, financieras, de informática y tecnológicas, que atendieron a la creciente demanda de educación superior (resultante a su vez de la explosión demográfica que empezaba a modificar la distribución de la población entre los grupos de los jóvenes en edad escolar), al mismo tiempo en que abrieron opciones para atender las tendencias y progresivas demandas de las transformaciones mundiales en ciencia, tecnología, comunicaciones, preeminencia de criterios de mercado, de eficiencia, apertura y competitividad, entre muchos otros que llegaron aparejados con la expansión de la llamada globalización y las políticas económicas liberales.

La creación de nuevas instituciones de educación superior, públicas y privadas, el fortalecimiento de las instituciones privadas ya existentes y el daño a la imagen de las universidades públicas tradicionales, coincidieron en un ambiente en el que "La identidad de muchas de las instituciones privadas establecidas en la década de los setenta -fue- autorizada por una crítica al sector público. Por lo tanto, las universidades mexicanas en los años setenta y principios de los ochenta pueden ser vistas como arena de una lucha compleja entre grupos profesionales y disciplinarios en asociaciones matizadas con partidos políticos, órdenes dentro de la iglesia católica, e intereses corporativos" (Kent y Ramírez 2002).

En realidad la expansión de la oferta de la educación privada, así como las críticas al sector público provinieron del proceso de expansión del sector privado durante el periodo iniciado en la década de los setenta. Dicha avanzada constituyó la expresión de una transformación de mayor envergadura en la sociedad mexicana, proveniente de procesos sociales de mayor duración y amplia cobertura, cuyas razones se encuentran arraigadas profundo en nuestra historia social, en la relación con el mundo y que coinciden y se aceleran con las diferentes coyunturas.

En este sentido, investigadores como Cristina Puga (Puga 1993) y Miguel Basáñez (Basáñez 1990) han dado cuenta de la manera en la que se presentó y sigue presentándose una "lucha por la hegemonía" entre grupos políticos y sectores público y privado en la historia reciente de México, en la cual, la iniciativa privada asumió un papel más activo a partir de la década de 1970, derivado del encono con el gobierno de Luis Echeverría Álvarez y del asesinato de Eugenio Garza Sada empresario líder del grupo Monterrey. Consecuentemente, los empresarios manifestaron públicamente sus críticas hacia los gobiernos "populistas" y expresaron sus diferencias ideológicas en cuanto al manejo de la política y la economía, al mismo tiempo en que incursionaron en la administración pública, así como en contiendas electorales para ocupar cargos de elección popular. Estas críticas se sumaron a otras lanzadas desde adentro de la clase política tradicional por funcionarios formados en México y en el Extranjero bajo esquemas del pensamiento económico liberal y conservador.

Estos sucesos abrieron espacios de abierta crítica y oposición a las instituciones públicas y gubernamentales, estigmatizadas como subsidiadas, populistas, altamente ineficientes y costosas, y en el caso específico de las universidades como altamente politizadas con sindicados anquilosados inhibidores del desarrollo institucional, llenas de "porros" y pseudoestudiantes, sobrepobladas, de baja calidad académica y planes de estudio atrasados que aparentemente desatendían las necesidades del sector productivo. A diferencia, según se argumentaba, de las universidades privadas que de acuerdo con el sector productivo no presentan estas características y si lograban la articulación con el sector productivo.

Aunado a las críticas lanzadas desde el sector educativo y desde la administración pública, durante finales de la década de 1980 y principios de la década de 1990 el mercado laboral de las empresas privadas contribuyó a deteriorar la imagen de las universidades públicas, en especial la de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la del Instituto Politécnico Nacional (IPN), con la negación a la contratación como parte de las políticas de las empresas, e incluso con la negación de entrevistas de trabajo por medio de anuncios clasificados en los periódicos para solicitar profesionistas, en los que aparecían frases como "UNAM y Politécnico inútil presentarse". Todavía, algún diario publica resultados de encuestas anuales –elaboradas por trabajadores del mismo diario– en las que se asegura que "las empresas e instituciones que contratan a los profesionistas prefieren a los egresados de las universidades privadas" (Reforma 2004).

De tal suerte, parece que la identidad institucional forjada en las universidades públicas y privadas, fue constituida también durante las tres décadas más recientes por otra referencia social caracterizada por la crítica a las escuelas superiores del sector público y el elogio a las escuelas del sector privado.

La adopción de un discurso económico liberal cuyos argumentos (internos o externos, fundados o infundados) culparon de las crisis recurrentes al desmedido tamaño del aparato burocrático y a las políticas "populistas" aplicadas, implementaron una serie de políticas y programas orientados a reducir el "aparato" estatal y a propiciar el crecimiento del sector privado (expansión iniciada ya unos años atrás). Uno de los resultados de toda esta reestructuración, iniciada con la administración de Miguel de la Madrid y acentuada con Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, consistió en la gradual transformación del sistema de educación superior en México, y el crecimiento del sector privado de las instituciones de educación superior, incrementado durante la década de 1990.

Durante esta década la oferta privada alcanzó dimensiones notables: en 1990 las instituciones de educación superior privadas absorbieron el 17.4 por ciento de la demanda de licenciatura; para el 2002 su participación alcanzó 33 por ciento, eso significó la duplicación en 10 años; mientras que la matrícula de las instituciones privadas creció 180 por ciento, la matrícula de las públicas se incrementó 33 por ciento en el mismo lapso (Muñoz y Rodríguez 2000). Específicamente entre 1992 y 2002, se presentó un "boom" en la proliferación de escuelas particulares y un fortalecimiento de las instituciones de educación privadas más antiguas como el Tecnológico de Monterrey, cuya expansión abarca toda la República Mexicana, las universidades Iberoamericana, Anáhuac, de Valle de México, Panamericana, de las Américas e Instituto Autónomo de México, por mencionar algunas.

La reunión de estos elementos en el contexto social de la educación superior, junto con otros específicos en el fútbol americano durante el mismo periodo, que veremos en el próximo artículo, nos ayudarán a comprender parte de las condiciones actuales del sistema de competencia.

La transformación silenciosa en la adscripción de los jugadores

Las transformaciones sociales, políticas y económicas trajeron ciertas consecuencias al campo del deporte universitario. En el plano deportivo los movimientos estudiantiles de los sesenta y los setenta, la participación de los "porros", así como las prolongadas huelgas de la década de 1980, y el inicio de la expansión de la educación superior privada, resonaron en el sistema de competencia del fútbol americano.

Si bien los estudiantes y sindicatos aparecieron como entes conflictivos y perjudiciales para el desarrollo de las instituciones y del país, en especial los jugadores de fútbol americano y muchos de sus aficionados fueron señalados como "porros" pertenecientes a grupos de choque en contra de estudiantes y profesores. El incremento de la violencia en los estadios disminuyó drásticamente el número de aficionados asistentes a los encuentros, incluso algunos juegos se cancelaron por la falta de garantías para la seguridad de los aficionados y más aún de los no asistentes a los juegos, debido a continuos daños ocasionados a personas y comercios en vías públicas (Morales 1996).

En el plano competitivo, la década de 1970 se caracterizo por la división del equipo de la UNAM en tres representativos debido a las presiones ejercidas en la liga para equilibrar la competencia dado el dominio de aquella institución (Morales 1996), y por la incursión al torneo nacional de los equipos del Tecnológico de Monterrey y de la Universidad Autónoma de Nuevo León, quienes dominaron la liga durante gran parte de la década junto con el equipo del club "Acción Deportiva" (apoyado por la entonces Dirección de Acción Deportiva del Departamento del Distrito Federal) (Morales 1996). De 1970 a 1977 estos tres equipos obtuvieron seis campeonatos de los ocho disputados. Ello significó que si bien la UNAM y el IPN dominaron el campo durante décadas, esto cambio cuando incursionaron tres equipos con el suficiente capital deportivo para competir contra las tradicionales potencias deportivas.

Para 1978 los equipos del Tecnológico de Monterrey y de la Universidad Autónoma de Nuevo León se retiraron del torneo debido a la violencia e inseguridad en los estadios y a las presiones en la liga por la desventaja ante las becas ofrecidas a jugadores superiores al promedio de los nacionales. Por su parte, el equipo de. "Acción Deportiva" dejó de recibir recursos del Departamento del Distrito Federal y fue incorporado al Instituto Politécnico Nacional. A partir de 1978 y hasta 1992, el balance de los campeonatos y las finales jugadas favoreció nuevamente a las instituciones tradicionales. Ningún equipo fuera de la Universidad o el Politécnico logró ganar algún campeonato en 15 años. Una vez más la liga se sostuvo básicamente por la participación de los equipos de las instituciones públicas tradicionales, como casi siempre había sido; la UNAM llegó a tener hasta cinco equipos representativos (Águilas Reales, Cóndores, Guerreros Aztecas, Huracanes y Osos) y el Politécnico otros seis (Águilas Blancas, Pieles Rojas, Cheyenes, Búhos, Ola Verde y Lobos).

En el transcurso de este periodo (1978-1992) sucedió paulatinamente una transformación silenciosa en la filiación educativa de los jugadores en el subcampo del fútbol americano universitario capitalino. Algunos de los jugadores integrantes de los equipos campeones del Politécnico (Águilas Blancas y Pieles Rojas) y sobre todo de la Universidad Nacional (Cóndores y Osos), ya no estudiaban en ellas. Al parecer los efectos del desprestigio de las instituciones de educación superior públicas y el despunte del sector privado empezaron a influir en la orientación de las decisiones de los estratos medios de la población; quizá, en esos sectores a los cuales habían pertenecido tradicionalmente muchos de los jugadores de mayor calidad en el fútbol americano.

Tal vez, poco a poco algunos de los sujetos con recursos para estudiar la licenciatura, practicantes de fútbol americano, se retiraron hacia las universidades privadas, pero continuaron jugando en las instituciones tradicionales, tal vez porque seguían representando las mejores opciones para continuar la práctica el deporte de su preferencia en el nivel de liga mayor y mantener la posibilidad de ganar los campeonatos; también porque formaban parte de las imágenes ideales del éxito deportivo incorporadas en sus estilos de vida; y porque la mayoría de ellos habían sido iniciados en esta disciplina por los entrenadores provenientes del Politécnico y de la Universidad, quienes reprodujeron el interés y el mundo de creencias de ese espacio vital.

Desde este punto de vista, los jóvenes prospectos para jugar la Liga Mayor del fútbol americano en México, y de hecho en cualquier nivel superior de cualquier deporte, crecen asistiendo a los eventos competitivos, viéndolos por televisión, escuchando las narraciones radiofónicas, leyendo las noticias deportivas, incorporando las imágenes, el lenguaje, la ropa, deseando ser una figura deportiva o pertenecer al equipo admirado. Por que, además de que en las competencias se lleven a cabo procesos de implicación afectiva y comunicativos de transmisión de identidad, también el campo del deporte difunde los modos de ser, de actuar y de pensar al mundo que forman los estilos de vida propios del campo del deporte, mismos que orientan cierto tipo de posibilidades de realización personal y de satisfacción de aspiraciones sociales como el del cuidado del cuerpo, la preservación de la salud o los deseos de triunfo y éxito sociales.

El aspecto medular desde un punto de vista netamente deportivo, consiste en comprender que los deportistas prospectos crecen deseando jugar en el equipo campeón, debido quizá a la orientación del modelo de vida a seguir, en el cual, el éxito social se encuentra relacionado al triunfo en diversos aspectos de la vida como en el deporte (o tal vez el deporte reafirma el rasgo exitoso del triunfador). Por el contrario no se desea perder, por lo que no se pretende jugar en un equipo perdedor, ni ser adepto a un perdedor. Se cree en las recompensas sociales brindadas al triunfador tales como el reconocimiento social bajo las formas reputación y prestigio, se cree en los privilegios y recompensas, resultado de la orientación de expectativas y posibilidad de satisfacer necesidades sociales a las cuales el deporte ha contribuido a generar.

En el deporte universitario las disciplinas deportivas, los equipos y las instituciones educativas se encuentran relacionados en un nodo simbólico de aspiraciones sociales en el que los intereses, las creencias, los objetos en juego y el capital, toman formas específicas. El deporte genera algunas de las expectativas y la educación otras. Ambas representan las posibilidades de reconocimiento social, movilidad y ofrecen cumplir las aspiraciones del éxito. Son estas formas de realización (individual y colectiva), las que se integran en el nodo simbólico y, son éstas, las que orientan las aspiraciones específicas de los sujetos inmersos. De ser así, los sujetos involucrados en el campo del deporte universitario guiarían sus elecciones con base en dos referentes principales: los equipos campeones (o con posibilidad de serlo) y las instituciones de educación superior donde poder formarse. Las variables objetivas de posibilidad efectiva para alcanzar la meta dependerían de los recursos económicos de la familia, de las aptitudes atléticas y deportivas de cada sujeto, de las opciones académicas ofrecidas y las perspectivas de empleabilidad, entre otras que puedan descubrirse.

La transformación silenciosa en el fútbol americano

Durante el transcurso de la década de 1970 y 1980 en la que parecía que el dominio del subcampo del fútbol americano se mantenía pese a algunas dificultades en las grandes instituciones públicas, paralelamente sucedieron dos procesos que a la larga prepararían el terreno para la transformación de las condiciones de competencia.

El primero consistió en que a partir de la década de 1970 surgieron un gran número de clubes privados que expandieron la práctica del fútbol americano infantil y juvenil en la zona metropolitana del Valle de México y ganaron muchos adeptos entre las familias cuyos recursos les permitieron sufragar el costo y crear un ambiente diferente al experimentado en los equipos de las instituciones públicas. La mayoría de esos clubes, surgieron como escisiones de los equipos infantiles y juveniles que se habían creado en la Universidad y el Politécnico. Durante finales de las décadas de 1970 y 1980, los "semilleros" de algunos equipos de liga mayor, sobre todo los de la universidad, perdieron fuerza mientras los clubes la ganaron (entre ellos se encuentran: Pumitas, Gamos, Leones, Destroyers, Bucaneros, Redskins, Comanches, Perros Negros y Raiders entre otros). De esos clubes salieron los jugadores que alimentaron a los equipos de liga mayor de las instituciones públicas; aquellos campeones de 1978 a 1992, cuya formación, filiación e identidad institucional iba alejándose cada vez más de las escuelas públicas.

El segundo proceso inició en la década de 1980, pero sobre todo a mediados de ésta. Dos instituciones educativas privadas retomaron sus programas deportivos de fútbol americano, reforzándolos con becas académicas (parciales y completas). El Tecnológico de Monterrey y la Universidad de las Américas (UDLA, antes Mexico City College) trabajaron en el reclutamiento de los jugadores interesados en practicar el fútbol americano y estudiar su carrera académica en una "prestigiada" universidad privada.

Los jugadores salieron principalmente de los clubes privados arriba mencionados debido a las características de las asociaciones, a saber: concentraban a jugadores con buena calidad de capital físico disponible en la zona geográfica donde más se practica el fútbol americano en toda la República Mexicana: la zona metropolitana del Valle de México; concentraban a miembros de los estratos medios urbanos con jóvenes en edad de elegir profesión universitaria e institución y con posibilidad de sufragar los gastos (inversión) de las colegiaturas; y, porque precisamente aquellos equipos proveían a las escuelas públicas, lo que significaba al mismo tiempo evitar su continuo reabastecimiento. En muchos casos los jugadores también provinieron de los "semilleros" de las instituciones públicas debido a la carencia de reglamentación al respecto (a lo que se le ha llamado piratería de jugadores).

Al principio algunos de los jugadores destacados rechazaron las becas debido al persistente interés por jugar en la UNAM o en el IPN, para ganar un campeonato y jugar un "Clásico". Sin embargo, con el tiempo el creciente desprestigio de las universidades públicas (huelgas, paros, sobrepoblación), las escasas expectativas de empleabilidad de sus egresados ("UNAM y Politécnico inútil presentarse"), la oleada de críticas al sector público y el ofrecimiento de los "beneficios" del sector privado, orientaron las decisiones de los prospectos, no sólo para aceptar las becas ofrecidas, sino para buscarlas como medio de ingreso a las escuelas privadas y apoyar a sus familias con la reducción de los gastos. Gradualmente el capital deportivo de los equipos representativos de las universidades privadas se fortaleció con el capital físico de sus atletas mientras que el capital de los equipos en las escuelas públicas disminuyó.

A partir de 1993 y en adelante, la balanza de campeonatos obtenidos, así como los juegos finales, semifinales y la proporción en la participación de equipos en los torneos nacionales, se inclinó casi por completo hacia el lado de las instituciones privadas. En los doce años transcurridos de 1993 a 2004, los equipos representativos de las escuelas privadas han ganado los 12 campeonatos nacionales, es decir, todos. De los once juegos finales en este periodo, sólo en cuatro ocasiones han participado instituciones públicas (el IPN en 1993, la UNAM en 1995 y la UANL en 2001 y 2002). Para el 2003, siete equipos de los diez que conformaron la conferencia más fuerte de la Liga Mayor pertenecieron a escuelas particulares (o al menos campi de éstas, ya que el sistema ITESM contaba con cinco de los siete equipos referidos), lo cual ha significado el mayor porcentaje de participación de equipos representativos de las escuelas privadas en la categoría de Liga Mayor en su conferencia más fuerte. La mayor parte de los equipos representativos de las instituciones privadas ingresaron o reingresaron a la conferencia de los "Diez Grandes" durante la década de 1990 y lo que va de la primera del 2000 (ITESM Monterrey, UDLA, ITESM Laguna, ITESM CEM, ITESM Toluca, ITESM Ciudad de México y Colegio Tepeyac). No obstante para 2004 el ITESM campus Laguna anunció el retiro de su equipo de la Conferencia de los Diez Grandes debido a la baja rentabilidad (quizá en prestigio institucional y económica) que éste les reportaba.

En resumen, la historia deportiva de los doce años más recientes de la liga de fútbol americano coincidió con el proceso de crecimiento y mayor expansión de la educación superior privada en México. Al comparar el proceso de transformación de la liga, con los años de mayor crecimiento de las universidades privadas (1990-2002), se observa una alta correspondencia a partir de la década de 1990 y lo que va de la primera del 2000, entre el número de equipos que ascendieron a la liga, los campeonatos obtenidos por parte de los equipos representativos de escuelas privadas y el crecimiento porcentual de la matrícula en estas instituciones.

De igual manera puede constatarse que otros equipos participantes durante el periodo referido representativos en su mayoría de instituciones públicas, presentaron una participación irregular en la liga por sus constantes ascensos y descensos de nivel (de la Conferencia Nacional a la de los Diez Grandes), resultado de los problemas sufridos para mantener la exigencia del nivel competitivo. Incluso en 2003 la Universidad Autónoma Metropolitana decidió cancelar la participación de su equipo representativo debido al elevado costo de su manutención y a los magros resultados obtenidos recientemente.

En síntesis, a partir del cambio en el espacio de las instituciones de educación superior sucedió un cambio en el espacio del deporte universitario del fútbol americano, lo que ha provocado cambios en los resultados de los campeonatos obtenidos y en las condiciones de la competencia. En el próximo artículo expondremos la respuesta de entrenadores y jugadores ante el problema y el ambiente percibido en los medios de comunicación.

El ambiente actual

¿Quiénes juegan? y ¿Qué se juega?

Ante la pérdida de competitividad, los equipos de las instituciones públicas se han preguntado por la causa, y con frecuencia han atribuido el éxito de unos y el fracaso de otros únicamente al ofrecimiento de becas; es decir, al fenómeno deportivo por sí mismo, sin analizar el contexto social "extra deportivo". Aunque resulta evidente que la captación del talento deportivo incide definitivamente en la mayor calidad de los equipos a los cuales se refuerza. También resulta evidente el cambio en la sociedad mexicana y por lo tanto el cambio en las condiciones de la competencia, experimentado durante los años recientes; por lo que tal vez las respuestas dadas no han sido lo suficientemente efectivas, dada también la comprensión incompleta del problema o de las nuevas condiciones de competencia.

 

Por ejemplo, algunos entrenadores de las escuelas públicas consideraron que el camino a seguir consistía en ofrecer dinero a los mejores prospectos para retenerlos, o en reducir el número de becas ofrecidas por las escuelas privadas. Sin embargo, esto propició un acercamiento interesado por parte de los jugadores: "cuánto me das para que yo juegue en tu equipo", ni tampoco disminuyó el deseo por jugar y estudiar en una escuela privada. Aunque si bien es cierto que el ofrecimiento de becas deportivas ha sido un poderoso imán para atraer jugadores a las universidades privadas, también es cierto que muchos jugadores se han acercado por iniciativa propia sin el ofrecimiento de becas, buscando el prestigio deportivo del equipo por los campeonatos obtenidos recientemente y el prestigio académico creado por la institución educativa.

En este orden de ideas se debe recordar que si bien al principio del ofrecimiento de las becas no todos los jugadores se fueron con ellas (y que tampoco ahora lo hacen), las generaciones recientes de jugadores de liga mayor han crecido durante los 11 años más recientes, viendo a los equipos del Tecnológico de Monterrey y de la Universidad de las Américas, ganar los campeonatos y en consecuencia deseando jugar con ellos. Además, muchos de ellos han buscado la oportunidad de estudiar en las instituciones de educación superior privadas y han encontrado en las becas ofrecidas por el desempeño deportivo una oportunidad para lograrlo. Incluso, algunas familias fomentan en sus hijos el alto desempeño desde las categorías infantiles. Entre los padres se escucha decir "a mi hijo le ofrecieron beca en la UDLA" ó "mi hijo está becado en el Tec", como sinónimo de calidad deportiva: "es tan bueno, que los campeones lo quieren". De igual manera se escucha decir a algunos jugadores "de cualquier manera quiero estudiar allá (en el TEC o en la UDLA), pero si me dan la beca mejor".

Una vez más los medios de comunicación han contribuido a mostrar y reproducir lo sucedido en el campo. Las notas deportivas expresan la rivalidad "públicas vs privadas" con encabezados como "Retan realidad. Las universidades públicas sueñan con pelear de tú a tú con las instituciones privadas, cuyo dominio en la ONEFA crece cada año"5, o "Privilegian ricos en la ONEFA. Millonarios presupuestos destinados a los programas y pirateo de jugadores"6. De igual manera la transmisión de los partidos por televisión, a través de empresas de señal exclusiva por Cable o Micro ondas, mencionan en cada una de las transmisiones frases como "las escuelas públicas no trabajan y las privadas si, por eso ganan los campeonatos", "es que en las públicas hay muchas grillas y por eso no avanzan".7

Los entrenadores de las universidades públicas propusieron una división en la liga. Sin embargo, las escuelas privadas no aceptaron tal división. Uno de los entrenadores del ITESM estado de México argumentó "no nos pueden hacer eso. Ellos (los equipos de las escuelas públicas) legitiman el fútbol americano con su tradición"8. Esta declaración muestra la necesidad de competir para establecer jerarquías y distinciones entre los antagonistas, léase instituciones educativas públicas y privadas. Sabemos lo importante de ganar en el deporte, pero no resulta igual superar a cualquiera, sino a las instituciones tradicionales, a aquellas que han ocupado el mayor espacio de las representaciones sociales simbólicas de la educación superior en México. Por eso se necesita competir contra ellas, para ocupar los espacios que éstas han ocupado tradicionalmente en las representaciones simbólicas del éxito social, especialmente entre los estratos con posibilidades de sufragar los costos por los servicios de la educación superior privada.

Ello significa que los factores incidentes en la transformación del campo van más allá del plano competitivo y se relacionan con la complejidad de la transformación experimentada por la sociedad mexicana, además de las acciones específicas que las universidades privadas emprendieron en el campo del deporte universitario.

En el mundo de los jóvenes en edad de elegir alguna institución de educación superior, las posibilidades para elegir escuela y para practicar algún deporte se han multiplicado recientemente y, asimismo se ha diversificado la interpretación del sentido y de la ubicación del los satisfactores sociales. Además, se ha abierto un amplio abanico de posibilidades académicas de estudios profesionales y prácticas deportivas; por lo cual, quizá podamos pensar en la probabilidad de hallar intereses y deseos diversificados, con lo que las formas tradicionales de pensar las soluciones a los problemas que se creían tradicionales ha cambiado y requieren de nuevos y creativos planteamientos.

Para ello habrá que tener en claro que el campo de la educación superior para las instituciones privadas constituye un mercado de consumidores en el que se compite por estudiantes y sus estrategias para obtener recursos difieren de las estrategias de las instituciones públicas. Las segundas operan fundamentalmente con subsidio del Estado y por tanto no compiten por estudiantes porque no viven de sus colegiaturas; sus frentes de batalla en la lucha por los recursos difieren. Sin embargo, las instituciones privadas, que si necesitan del financiamiento privado, acuden al mercado de consumidores para atraer estudiantes mediante múltiples estrategias y, una de ellas ha consistido en la construcción de imágenes exitosas al incursionar en los mercados familiares y juveniles de los estratos urbanos medios.; y ha sido precisamente en las grandes urbes donde más se ha incrementado la oferta de la educación superior privada (y no sólo de ésta sino de la media superior y de la básica (Kent y Ramírez 2002).

Tal vez fue por ello que el fútbol americano estudiantil se convirtió en un foro adecuado para la expansión de la presencia de la educación privada, porque a éste espacio social concurren precisamente los estratos medios urbanos. Los jóvenes y las familias en los cuales se puede influir en la elección, dadas las orientaciones de satisfacción de sus aspiraciones y expectativas. Por eso, el espacio del fútbol americano universitario en México puede ser entendido como un foro en el cual las instituciones de educación superior han concurrido para establecer distinciones y validar jerarquías, con el objetivo de ocupar espacios de representación social en beneficio de su posición en el espacio de la educación superior.

Asimismo, el deporte universitario como parte constitutiva de las culturas institucionales ha acompañado al proceso de formación de imágenes exitosas de las universidades que han concurrido al espacio deportivo en busca de nutrir su prestigio institucional. Dicho prestigio se ha convertido en una especie de capital simbólico que favorece la representación social de las instituciones, desplegada en el imaginario colectivo de quienes se encuentran en el espacio de la práctica deportiva y fuera de ella.

 

1 La noción de campo es entendida en este serie de artículos como el espacio de relaciones sociales, en el cual tienen verificativo una serie de actividades y en las que intervienen individuos, grupos e instituciones.

2 Ningún otro deporte estudiantil experimentó la popularidad de éste en la Capital del país, y tal vez continúe siendo uno de los deportes estudiantiles más vistos. No obstante, vale reconocer que el conjunto de las prácticas deportivas universitarias, es más amplio y que la popularidad alcanzada por alguna disciplina deportiva, no la coloca por encima de las demás, simplemente atiende a las condiciones que en un momento permitieron lograr esa popularidad.

3 Al respecto resulta representativa la película protagonizada por Adalberto Martínez "Resortes" en el personaje de "Policarpio" jugador del "Poli" y María Victoria, en la cual se exhibe el antagonismo entre el Politécnico y la Universidad, así como el anhelo de presentar a ambas instituciones trabajando juntas por el bienestar del país en la canción entonada al finalizar con la frase "Pumas-Poli ganará".

4 Apología. En el sentido simbólico constituye una figura, mediante la cual, por una serie de signos alegóricos, se simboliza una realidad social mediante otra que la expresa o la representa fuera de su comúnmente asociado.

5 "Retan realidad", Reforma, 18 de julio de 2003, sección deportes.

6 "Privilegian ricos en la ONEFA", El Universal, viernes 14 de febrero de 2003, Deportes, p. 2.

7 Comentarios hechos durante la transmisión del campeonato entre el equipo del ITESM campus Monterrey y la UNAL, el 14 de noviembre de 2002, por el canal ESPN2 de Cablevisión.

8 "A estudiar el emparrillado", Entrevista al entrenador en jefe del ITESM campus Estado de México, Enrique Borda. Reforma, 18 de julio de 2003, sección deportes.

 
Autor: Juan Gerardo Orellana Suárez. Licenciado en Sociología, Maestro en Estudios Políticos y Sociales y estudiante de doctorado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 



 
 

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